El Tren de las 3:10 (3:10 to Yuma)

 

“Remind me never to play poker in this town.”

Por fin he podido ver El Tren de las 3:10, y por suerte ha sido en pantalla grande, aunque con un año de retraso desde su estreno en los EEUU. Dejando atrás este vergonzoso maltrato a una película brillante protagonizada por grandes actores, lo mejor será centrarse en el argumento en si: Ben Wade (Russell Crowe) es el famoso cabecilla de una temida banda de forajidos. Tras su último (y espectacular) atraco a una diligencia propiedad del ferrocarril llega a Bisbee, donde es capturado para sorpresa de todo el mundo. Es allí donde su camino se cruza con Dan Evans (Christian Bale), un honrado granjero con esposa e hijos que alimentar y serios problemas económicos. Los responsables del ferrocarril buscan voluntarios para llevar al peligroso forajido a Contention y subirlo en el tren de las 3:10 hacia Yuma, donde será juzgado por sus numerosos crímenes y seguramente colgado de la horca. Evans ve en ese ofrecimiento la última posibilidad desesperada de salvar su propiedad y su maltrecho orgullo, por lo que acepta el encargo por 200 míseros dólares (una cantidad que se irá viendo a lo largo del film). Ahora bien, el segundo de la banda de Wade, Charlie Prince (un sádico y genial Ben Foster) descubre todo el pastel y reúne a sus compañeros con la intención de liberar al jefe antes de las 3:10, dejando tras de si un reguero de sangre.

Aquí tenemos un western como la copa de un pino. James Mangold (CopLand, En la Cuerda Floja) se arriesgó mucho rodando una nueva versión de un film perteneciente a un género que ha conocido épocas mejores. Ahora bien, el tópico western se convierte en la excusa perfecta para un magnífico duelo entre los dos protagonistas, a base de golpes, revólveres, fusiles y balas, miradas torvas, frases demoledoras, honradez, inmoralidad, valentía y principios. Con secundarios icónicos de lujo que se mueven como pez en el agua por pedregosos desfiladeros y cabalgan tragando el polvo del camino para llegar a pueblos con nombres tan típicos como Contention. Bienvenidos al salvaje Oeste…

“This town’s gonna burn!”   

Con estas premisas nos vemos abocados al espectáculo. El mayor acierto del film es el enfrentamiento constante entre Evans y Wade / Bale vs. Crowe. Parece que éste último es el mejor parado en la comparativa, ya que su personaje es el más jugoso: un peligroso forajido que parece haber dejado atrás toda moral, pero que se entretiene dibujando un halcón en el desierto justo antes de atracar una diligencia. Los actores suelen decir que los papeles “malvados” son los más jugosos, y aquí Crowe despliega todo su arte haciendo suyo el personaje, con su cinismo e ironía, su mirada peligrosa y su inquietante moral de doble rasero. En todo momento parece controlar la situación a pesar de ser el prisionero al que llevan hacia la horca. Resumiendo: se come a Dan Evans con patatas. O al menos eso parece. Evans es un hombre vencido, torturado por las huellas de su pasado y avergonzado de sus carencias. El espejo que mejor le refleja es su propio hijo de 14 años, William, un muchacho que desprecia la supuesta cobardía de su padre mientras busca a un héroe a quien reverenciar. El hombre honrado que se hunde bajo el peso de las reglas, allí donde la mayor regla es “la ley del más fuerte” versus un frío asesino que coge lo que quiere de la vida y cuando quiere, y que ya parece estar a la vuelta de todo. ¿Podrían llegar a respetarse dos personas tan distintas?

El peligroso camino hacia Yuma pondrá a prueba los principios de estos dos personajes mientras el número de acompañantes se va reduciendo drásticamente, lo quieran ellos o no. Ahí se asienta la fuerza de la película, en la interacción entre estos dos monstruos de la interpretación, sin los cuales perdería todo su atractivo. Pero es que hay más: una ambientación más que correcta sin abusar de paisajes ni efectismos visuales hace que nos zambullamos en el momento y el lugar desde el principio sin pestañear siquiera. También es de resaltar la banda sonora de Marco Beltrami por adentrarnos al instante en la épica del western (su trabajo aquí fue nominado para los Oscars). Y aunque el atractivo principal sean los dos protagonistas, también hay un hueco para la acción bien llevada, que salpimenta el metraje hasta llegar a un arriesgado final que no será del gusto de muchos. Ahí está otra de sus bazas: el transcurso de la película gira en torno a su título: “3:10 to Yuma”, o sea, en Yuma va a pasar algo muy gordo a las 3:10, y el director maneja la expectativa y las amenazas latentes de cada uno de los personajes hasta llegar al final. Poco sabemos de la habilidad de Evans (sólo sus “aventuras” en la guerra de Secesión), aunque algo nos dice que su contención guarda una bomba de relojería.

“Kid, I wouldn’t last five minutes leading an outfit like that if I wasn’t as rotten as hell.”

¿Cuál será el destino de esta pequeña joya? Su retraso en el estreno, la pertenencia a un género que parece olvidado y una ineficaz gestión de marketing (a mi humilde parecer) la relegarán pronto al olvido en las salas de cine. Una pena, por cierto. Merece ser vista en la pantalla grande, y luego adorar a sus actores o renegar del final con entusiasmo a la salida de la sala. De lo mejor del 2.008, sin lugar a dudas.

~ por halderaan en Septiembre 18, 2008.

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